jueves, 22 de marzo de 2012

La piscina de asfalto Primera parte


Me había quedado dormido todo el camino, para mí, las carreteras no son más que transportadores mágicos que te llevan directo a tu destino, siempre y cuando, pagues la cuota de la caseta. Al despertar y ver la parroquia de San Miguel Arcángel en el espejo retrovisor, me di cuenta de que habíamos llegado. La vida puede que sea una gigantesca autopista, una enredadera de líneas que se bifurcan, y cada una de ellas te lleva a un diferente lugar, por otro lado, también creo que la vida puede reducirse a una indivisible línea recta, donde tus paradas ya están prefijas para terminar en un único e inamovible destino. Permítanme presentarme, mi nombre es Gerardo Carranza, soy el guitarrista y compositor de mi banda de rock Bare Knuckle, conformada por Homero en la batería, y Carlos en bajo eléctrico y voces. Nos invitaron a tocar en un reciente festival de grupos alternativos de rock, que tenía por cede el pueblo al cual acabábamos de llegar. Recibimos la noticia con mucho gusto, aunque realmente lo hacíamos para burlar la cotidianeidad en estás vacaciones de primavera.
Nuestro itinerario era el siguiente: nos instalaríamos el miércoles en la noche en la casa, jueves y viernes prepararíamos nuestro recital, para tocar el sábado en una tarima colocada en el centro histórico del pueblo.
Escuché una canción de los Red Hot Chilli Peppers salir de las bocinas traseras del estéreo, es el grupo favorito de mi baterista. El tema me parece muy ad hoc al momento; era Road trippin:
Road trippin' with my two favorite allies
Fully loaded we got snacks and supplies
It's time to leave this town
It's time to steal away

Era un milagro que Homero no estuviera golpeando el tablero del coche con sus baquetas, la primera mitad del camino no me dejo descansar a gusto por eso. Carlos conducía el coche propiedad del papá de Homero, así como la casa donde nos refugiaríamos, aminoró la velocidad y encendió las luces delanteras, se estaba haciendo de noche. Las calles empedradas provocaban jocosas vibraciones en nuestros traseros, impidiéndome retomar mi sueño.
-Gerardo ¿te gustan los Red Hot? -me pregunto Roberto, amigo de la banda, también tocaría con su banda, Dinosaurs and Cadillacs, en el misterioso, y recién inaugurado festival de grupos de música independiente de San Miguel de Allende. Su banda lo alcanzaría más tarde.
-Me parecen buenos hasta el Blood Sugar Sex Magic -contesté, aún adormilado.
-Todos sus discos son buenos we (el güey siempre lo pronuncia como we) -protestó Homero, el principal defensor del grupo californiano que conozco.
-¿Es a la izquierda o a la derecha Homero? -interrumpió Carlos, preocupado por qué desviación seguir.
-Es a la izquierda.
-¿Seguro?
-Tú confía -no conozco a nadie más seguro de sí mismo que mi baterista Homero.
Miré sobre mi ventana, medio sonámbulo, aquel pueblo parte del Estado de Guanajuato, se me figuró como mágico. El alumbrado público, y las luces de los locales que estaban abiertos, parecían como iluminados por luciérnagas. Pero, sobre todo, era la ajedrecística torre de La Parroquia, tan estilizada y alta, como una protuberancia salida de la tierra llena de secretos, un edificio tan esquisto que me parecía increíble que estuviera erigido en un lugar tan tranquilo como este. Esquivamos un tranvía que iba en dirección contraria a nosotros, pedimos direcciones, que terminaron perdiéndonos en el paradisiaco dédalo de calles coloniales del pueblo. Viajar con amigos puede ser una experiencia vergonzosa y ridícula, pero divertida.
Tampoco tardamos mucho en dar con la propiedad del padre de Homero. Llegamos a un lujoso vecindario, lleno de casas hechas para no ser habitadas por nadie. La residencia que estábamos apunto de pernoctar, no era la excepción; era una casa de toqué clásico, hecha de ladrillos rojos, con una diminuta puerta de entrada, los muros estaban cubiertos de musgo y enredadera, mirando hacia arriba; además de ver la amplia terraza, se asomaban unas jacarandas. Tuvimos que estacionar el coche en el inmenso terreno de atrás, obligando a un ya cansado Carlos, a dar una vuelta pronunciada. Una anciana señora fue la que nos recibió, gustosa. Al apoyar mis pies en el césped, cansado de alrededor de cuatro o cinco horas de recorrido, mire la noche, y escuché algo que no es muy común oír en la ciudad, el silencio. Apenas profanado por el ruido de los grillos y los pájaros. Abrí el portaequipaje, para sacar mi valija y el estuche rígido donde guardo mi instrumento.
-Descansemos un rato ¿no? -sugirió Carlos.
Homero desfalleció inmediatamente en un largo sofá rojo, que hizo suyo extendiendo sus brazos y piernas por todos lados. Es él, entre otras cosas, un apasionado del fútbol, llevaba su playera de los diablos rojos de Toluca y pantaloncillos cortos, no comparto su afición, pero al menos estaba mejor ataviado para el bochornoso clima que yo, que siempre visto camisas de mangas largas -odio las cortas-, y adentro de mi valija, empaqué un traje sport, para verme con estilo delante del escenario. Me senté en un sillón individual y los demás buscaron un espacio libre en el sofá ocupado por el muy comodino baterista. La anciana señora nos hizo el favor de encender el ventilador de aspas del techo y nos preguntó si se nos ofrecía algo, Homero nos miró como diciéndonos “anden, con confianza, pidan algo” nadie se atrevió, excepto yo, que con el calor, agradable aunque algo seco, se me antojo un té caliente, muchos no están de acuerdo conmigo, pero un buen té caliente es el mejor remedio para refrescarse.
-Té por favor -dije.
-Sólo tengo de hierbabuena joven, ¿está bien?
-Perfecto.
Carlos y Roberto se animaron a pedir un vaso de agua, Homero pidió su sempiterna coca cola bien fría. Un poco más despierto, me fijé en la sala, amplía y acogedora, pintada de blanco, llena de muebles de madera y todo un conjunto de pinturas de paisajes adornaban las paredes, adelante de nosotros estaba el cancel que daba al magnífico terreno de la casa; un opulento jardín, para una opulenta casa de veraneo. La anciana señora nos dio nuestras bebidas una por una, sentí un enorme alivio al darle el primer sorbo de mi té, quemándome la lengua en el proceso, me moría de sed.
-¿Cómo se siente Bare Knuckle en su primer concierto fuera de la ciudad? -inquirió Roberto, a él le gusta mucho la música que hacemos, me halaga, aunque sé que es de gustos muy eclécticos.
-La música es lo único que me importa -peroré-, sobran decepciones en la vida, pero es la música la única compañía en los más desdichados momentos. En la ciudad les abrimos a grupos desconocidos e inclusive pagamos por tocar. Este será nuestro primer concierto medianamente masivo... por decirlo de algún modo.
-Olvidas lo importante -añadió Carlos-, ¡Salir a la aventura y conocer chicas! -cuando dijo chicas, alzó las cejas jacarandosamente, reímos.
-We, conozco unas amigas de unas primas que viven aquí que nos servirían de groupies.
La anciana señora regresó para preguntarnos si no se nos antojaba algo de cenar, ninguno de nosotros tenía hambre, nos atiborramos de chucherías todo el trayecto (como dice la canción we got snacks and supplies). Le dijimos que no gracias, y ella se fue, no sin antes advertirnos que para cualquier cosa que se nos ofreciera, no dudáramos en tocar al cuarto de servicio.
-¿Quieren ver el cuarto de ensayo? -sugirió Homero-. Al menos para dejar los instrumentos, ya mañana ensayamos.
Todos seguimos a nuestro anfitrión, subimos por unas escaleras de caoba, y entramos en un cuarto que daba con la terraza, magníficamente vacío, con excepción, claro está, de los amplificadores y la batería, Homero se acomodó en su respectivo instrumento, hizo unos cuantos redobles para rematar con los platillos. Quise antes, revisar que mi instrumento, mi fabulosa Fender Jazzmaster, se encontrara intacta -soy un sobreprotector de mis guitarras-, abrí mi estuche, ahí estaba, inmaculada, con la placa dorada y su reconocible acabado sunburst, flamante. Pedía a gritos ser tocada, tendría que esperar hasta mañana. Carlos también revisó su bajo eléctrico Hofner, que cuenta la leyenda, lo encontró entre las chácharas musicales que mantenían escondidas el coro de la iglesia de su colonia. Dejé mi instrumento con el estuche abierto y me dirigí a la terraza. Tenía una vista completa del pueblo. Las diáfanas luces que investían a La Parroquia y al pueblo, le daban una belleza resplandeciente, de pronto, me sentí enamorado de San Miguel de Allende. Apoyando mis codos sobre la barandilla, recordé el estribillo de Road Trippin mientras me perdía en la reconfortante noche:
Sparkle light with yellow icing
Just a mirror for the sun

-Just a mirror for the sun -dije en voz alta.
El viaje, el bochorno y la noche nos incitaron a los placeres oníricos, había suficientes cuartos para cada uno de nosotros. Solo, semidesnudo, cubierto con una delgada sábana, mirando un desconocido techo en la oscuridad, intenté dormir, di vueltas, escuche el ruido de los grillos que sirvió de arrullo. Y comencé a sumergirme en un reparador sueño: Me encontraba flotando en un gigantesco océano nocturno, y arriba de mí, una argenta luna llena me veía, no escuchaba nada más que el agua metiéndose por mis orejas, creando un ruido similar al chapoteo. Juraría que duró unos cuantos segundos mi sueño, pero el sol que me estaba dando en la cara, me indicaba que era hora de levantarse. Sumándole que Homero tocaba la puerta del cuarto que me prestó, diciendo:
-Ya levántate, tenemos que ver a los organizadores, nos invitaron a desayunar ¿recuerdas?
Dentro de un sueño, jamás sentí tanta calma, y desperté de buena gana, aunque, un sentimiento de melancolía, poco a poco, se apoderaba de mí.

*
-Nos da gusto que sean parte del festival que estamos organizando -dijo el hombre, un poco obeso, vestido de camisa blanca y rayas rojas, unos pesados lentes de plástico se posaban en su nariz, respondía al nombre de Eric.
-Nuestra intención es promocionar el movimiento undergraund de bandas del país -dijo el otro hombre, un poco más fornido y alto, de aspecto regiomontano, respondía al nombre de Joaquín-. Nuestro festival es una especie de contrapartida de los festivales de grupos mainstream que tanto pululan.
-Sí, queremos darles una oportunidad a bandas no tan conocidas y buenas como las de ustedes.
Nos invitaron a un restaurante, acondicionado en una vieja casa colonial, nos ubicábamos en un semicírculo, en el centro había una pequeña fuente, todo el local estaba rodeado de macetas llenas de muy diversas flores, sería la pesadilla de un daltónico -me imaginé-, ya que la diversidad de colores era tan fulgurante, que lastimaba la vista, el perfume que transmitían las plantas era embriagante. La comida no era la gran cosa, pero el lugar era agradable, prácticamente pagabas por estar ahí unos breves momentos de tu vida. Fijándome en los infinitos detalles del restaurante me servían de distracción para ignorar el discurso petulante de aquellos dos imbéciles que creen que el artista vive de filantropía, si no fuera porque nuestro burgués baterista financió el viaje, no estaríamos aquí.
-Es para nosotros un orgullo tocar aquí -qué otra cosa podía decirles.
-Queremos que toquen en la noche, después de Dinosaurs and Cadillacs -aconsejó Eric.
-¡Sería fabuloso! -comentó Roberto.
-Si todos están de acuerdo tocaremos en la noche -aseveré para que ya me dejaran comer en paz.
-¡Perfecto!
Terminada la conversación, por fin podía ocuparme a desayunar, mi café estaba frío de tanto parloteo, así como mis chilaquiles con bisteck. A mis otros tres amigos parecían no molestarles un desayuno frío.
-Si no tienen nada que hacer hoy en la noche -dijo Eric, una persona que me sorprendió su voracidad al comer, al grado de dejar limpio el plato-, podrían acompañarnos a una fiesta que vamos a dar en un antro, se llama Ernie's Disco.
-Además de promotores de la cultura, somos DJ's -añadió Joaquín orgulloso-. Tampoco es mala idea que salgan a visitar el pueblo, aprovechando que están aquí, ¿no creen?
Nos extendió un folletín turístico, lo cogí fingiendo una sonrisa. Ellos pagaron la cuenta y nosotros nos comprometimos a asistir a su fiesta. Cuando salimos, vimos las calles como espejismos, a la manera de westerns, con un calor así, a nadie le daban ganas de tocar. No sé quién de los cuatro sugirió visitar el parque Benito Juárez, no fue difícil hallarlo, al visitarlo, me quedé maravillado, ante su tranquilidad y belleza. Las palmeras nos proveían una fresca sombra (just a mirror for the sun?) y el aire fresco y puro, al menos a mí, tonificaba mis pulmones. Mis amigos querían dar una vuelta en bicicleta, yo prefería merodear a pie, nos citamos a las cuatro en el restaurante en el que no teníamos mucho de haber desayunado, ellos se marcharon a toda prisa, buscando, tal vez, importunar pueblerinas, y crear escándalo con sus timbres, yo me quedé con la libertad de caminar con toda la calma que se me antojara. La luz que atravesaba el tupido follaje de los árboles, le daba una sombría iluminación al parque, me sentí preso en un sueño, no me desagrado en absoluto. Para ser temporada de vacaciones, vi muy solo el espacio público. Siendo justos, el parque se me figuraba a muchos otros, eso me encantaba, no sólo era un refugio contra el sol, también era un refugio contra la nostalgia. Mientras me dejaba llevar por una impasible calma, similar a la del sueño de ayer, escuchando el cantar de unos socarrones pájaros, y contemplando los toboganes, columpios y demás juegos vacíos y uniformes, miré sentados, en una de las tantas bancas de hierro forjado, a una pareja. Siempre me incómoda ver una pareja feliz sobre un parque, es un insulto para el hombre solitario y contemplativo. No tardaron mis compañeros, aún en bicicletas, en encontrarme, dando rápidas vueltas sobre mi eje, como si fuéramos un enfurecido sistema solar, donde ellos son unos encarnizados y veloces planetas, y yo un tranquilo y quieto sol. Tenía que huir de los conductores de bicicletas frenéticos y de las parejas felices, el único lugar donde no encontraría eso, sería en una iglesia, que mejor que La Parroquia.
Posé mi cabeza hacia arriba para poder admirar el singular alfiler gótico del pueblo, era tan alto y puntiagudo que me dije a mi mismo que sería terrible arrojarse desde ahí al vacío. No aguantó mucho las alturas y por nada del mundo se me ocurriría ubicarme ahí. Con un olvidado respeto a los monumentos sacros, entré a la iglesia, no soy un católico practicante, pero sentí la necesidad de persignarme.
Me encuentro en tu iglesia, oh San Miguel Arcángel, protector de Israel, ángel guerrero y exterminador, enemigo acérrimo de lucifer, tu trompeta sonará el día del juicio final. Aquí estoy, un fiel agnóstico, que viene a visitarte a tu recinto, en señal de respeto a tu imagen. Escuchó tu sagrado coro en el altar mayor, y me siento en tus bancos, para reflexionar, ya que como hombre, por añadidura, soy pecador. Pero soy un hombre indefinido en muchas maneras, creo que me quedaré atrapado en el limbo, no he pecado lo suficiente para merecer el infierno, ni he alabado el nombre de Dios y el Tuyo con la devoción suficiente para ser perdonado y acceder al paraíso. Me retiró pues, para dejar de profanar tu santa sede, con la esperanza de que nunca llegué tu venida sobre la tierra.
Tome el tranvía para seguir contemplando la belleza de un pueblo que se conoce poco, a comparación de las ciudades de Guanajuato y Querétaro, grandilocuentes hermanas que esconden la dulce hermosura de su hermana menor del bajío. La gente debe de huir del calor, pensé, al ver tan solas las calles, dejándome llevar por el lento ritmo del tranvía, y su jocosa campanilla que sonaba en cada parada.

*

Nuestro ensayo fue como todos los que tenemos, enérgico, fuerte, y desgarrador. Hice sonar los amplificadores Fender con mucha agresividad, nunca escuche el bajo de Carlos tan aterciopelado como esta vez y Homero nos dio un preciso, al mismo tiempo que frenético ritmo. Si vinimos a destrozar la calma del vecindario, pues cumplimos nuestra misión sobradamente. Sobre la ventana que daba en la terraza, el sol iba ocultándose dando paso a la noche. La fiesta a la que nos habían invitado sería a las nueve, todavía faltaba mucho para esa hora. La gente suele creer que el rock es puro guateque: sexo, drogas y diversión. Sigo en la espera de todas esas cosas. La verdad es poco glamurosa, ensayamos mucho, repetimos la canciones cuantas veces creamos posibles, y la mayoría del tiempo, tocamos en nuestros cinco sentidos, lejos de los estupefacientes y opiáceos. Será por eso que todavía no tenemos un contrato discográfico, lucimos como un trío de niños bien que tocan un género que no les corresponde. La imagen lo es todo, tenemos la música mas no el físico. Al tomar un descanso, Roberto, el único espectador de un ensayo que pecaba de ordenado y serio, preguntó:
-¿Tocarán Madeline, en directo?
Madeline es una balada que compuse, inspirada, por ridículo que parezca, en una caricatura que veía de niño, recuerdo que trataba sobre una niña francesa que estaba internada en una escuela de monjas, al menos, es lo que logro memorar. Tomé prestado su nombre para, en una sencilla y cursi letra, describir a la mujer perfecta, a la chica de mis sueños.
-Me gustaría tocarla -dije-, pero no sé si sea del agrado del público, tú sabes, desentona con el rock enérgico que usualmente tocamos.
-We, tenemos que tocarla -insistió Homero.
-Lo pensaré.
Seguimos repasamos nuestro repertorio, hasta que oscureció, llegando la hora de salir a la vida nocturna de San Miguel. Necesité de un expreso cuádruple, al menos para no dormirme, los ensayos me dejan exhausto.

*

De noche, San Miguel pasaba de ser un pueblo poco poblado, conservador y casi fantasmal, a uno bullicioso y sobrehabitado. La gente salía a las calles a buscar diversión, si la tranquilidad y la decencia eran la norma mientras el sol siguiera colgado del cielo, una vez caída la noche, las calles se transformaban en un espectral carnaval. Llegar a la discoteca no fue ningún problema, ahí vimos, con letras doradas manuscritas, el letrero en la marquesina que decía Earnie's Disco. Nos estacionamos, dimos nuestros nombres (estábamos en la lista de invitados) y subimos a unas escaleras de herrería en espiral. El salón estaba a reventar y el indescifrable sonido que salía de las bocinas causaba ofuscación. Me consternaba que las personas entablaran conversaciones con semejante algarabía. Nuestros amigos organizadores de eventos y DJ's se encontraban hasta el fondo, así que nos costo trabajo desplazarnos. La iluminación del lugar era oscura y azulada, con pretensión de incitar a la pasión, el local era en realidad una casa del tipo victoriano, acondicionado para ser un antro. Rehuíamos de la gente, que era una mezcla muy homogénea de extranjeros y jóvenes pudientes. Ninguna chica llamaba mi atención, las mujeres que sólo les gusta provocar, simulando ser chicas de poca monta, pueden ser un peligro, es mejor dejarlas en paz; el hecho de que vistan como putas, según ellas, no nos da derecho de tratarlas como tales. Pasamos de largo para ver a Eric y Joaquín jugando con sus tornamesas y sus juguetes para mezclar sonidos, ambos portaban unos muy visibles auriculares.
-¿La están pasando bien? -inquirió Eric, destapando uno de los lados del auricular.
Todos respondimos con un monosílabo.
-Necesito un trago -le avisé al oído de Homero.
La barra se encontraba en el extremo opuesto, volví a avanzar dificultosamente. Las multitudes llegan a marearme. La vida contemplativa tiene privaciones, si uno prefiere quedarse en casa viendo películas viejas o leyendo un libro, invariablemente se queda enclaustrado en la soledad. Es un terrible hecho indefectible: la sociedad ama la extroversión, pero... ¿cuán solo se puede estar, aun rodeado de gente? Quizá era mi caso, me sentía solo en esa multitud y necesitaba un trago para hacer la fiesta medianamente tolerable, pedí un martini seco, sentí nostalgia, porque era el aperitivo que nos daban, a mi padre y a mí, en un restaurante del centro de la ciudad,“La catedral” se llamaba. Sirvieron mi trago en un pequeño vaso de vidrio, no tuve prisa en apurarlo. Paso a paso (y sorbo a sorbo), me dirigí de nuevo con mis amigos, en un ambiente desconocido, se prefiere la compañía de los aliados. Vi impertérrito la fiesta, sintiendo asco y fastidio, infeliz, porque mi dulce martini se terminaba.
La música cambió, ya no eran las habituales tonadas de moda, reconocí un suave piano eléctrico empalmarse con una guitarra acústica, los acordes eran sincopados. Eric y Joaquín no eran jóvenes, eran unos cuarentones que se negaban a madurar. Por eso no me sorprendió su poco sutil cambio, la canción seguramente la escucharon en su lejana adolescencia. Exactamente cuando reconocí el tema (Jaime López: Corazón de Cacto), mis ojos, se posaron azarosamente en la espalda de una mujer moviéndose al ritmo de la canción, ya no los pude apartar. Traía un vestido que era como si la misma noche cubriera su piel morena, llevaba puestos unos grandes aretes en forma de aro, de su nuca salía un ondulante cabello como una enredadera otoñal, rojizo y fulgurante como el acabado de mi guitarra. Automáticamente, dejé mi vaso en una de las bocinas, y sin apartar mi vista de ella, quise acercarme. Los indistintos rostros no paraban de atravesarse, mi ritmo cardíaco aumento, el golpe fulminante, vi su rostro de perfil, sonriendo, era la belleza más pura que jamás había visto, supe en ese instante que ella era la mujer por la que tanto esperé, si no la conocía, me arrepentiría por el resto de mi vida. Caminé para ir a su encuentro, soslayándome sobre los comensales con empujones, intentando no perder de vista aquel rostro tan perfecto. «Por fin te encuentro» le diría, «estamos juntos, como debió haber sido siempre, al verte sé que eres la mujer para mí, y al verme espero que no me consideres tan indigno de ti». Me desplacé muy lentamente, a medida que me acercaba, ella se alejaba un poco más, hice un esfuerzo heroico por no perderla de vista, me sentía como atrapado en un túnel infinito. Todavía me encontraba lejos de acudir a su encuentro.
-¡Hijo de tu puta madre! -grito, un fornido sujeto, quien pasará a la historia como el más grande imbécil, por procrastinar mi encuentro con la mujer de mi vida-, ¡tiraste mis pinches cervezas hijo!
Me empujó, caí al suelo, mojado de cerveza, estaba tan embelesado por la inesperada belleza de aquella mujer, que no sentí el golpe al caer. Las personas miraron con aprehensión al sujeto. Al levantarme supe que tenía que comportarme de manera diplomática, la perdería si no actuaba rápido y una pelea me incapacitaría para tocar.
-Amigo, dispénseme usted, no fue mi intención derramar sus cervezas, en un segundo se las retribuyo, si me permite tengo algo que hacer.
Mi gesto de educación ante un atropello lo confundió, volví a emprender la búsqueda de la nueva dueña de mi lastimado y adolorido corazón. Para que mentir que casi lloro de la preocupación, por un pueril incidente la perdí ¡La perdí!, seguía desplazándome, el fabuloso interludio de metales de la canción me importó poco. Desee saber su nombre para gritarlo, jamás sentí tanta preocupación por perder algo, dejarlo ir. El amor es ciego, frágil, tonto. Pero el amor a primera vista es un milagro, y nunca he sentido tan repentino cariño por mujer alguna. Me encontraba en la peor prisión posible, una llena de gente, por más que volteaba y miraba, no la hallaba... quizá estaba en la salida ¡sí! Bajó para irse de este infierno. Me dirigí hacia la escalera de herrería en espiral por la que habíamos subido, ¡Oh dios! Las personas ahí presentes bloqueaban el camino. Tuve que importunar a parejas que no tenían el menor pudor al fajar recargados en una pared, o algunos distraídos amantes, sentados a sus anchas, sobre los escalones, hablando de sabrá dios qué. Llegué al piso de abajo. De reojo, ya casi a la salida, la vi de lejos. Me pareció más sublime cada segundo, daba la impresión de estar acompañada, hablaba con un interlocutor invisible por la multitud, y porque la esquina de la escalera me impedía apreciar más. Me calmé por un breve instante, desgraciadamente, el primer piso estaba igual de bloqueado. Esquive y empuje a los comensales como pude, volví a perderla de vista, la agobiante ansiedad llegó con mucho más fuerza y no pude reprimir un sollozo. Avancé a un paso lentísimo, tanta gente, ¡Tanta maldita gente!, perdí su ubicación, mi angustia acrecentó, escuché el ruido de un motor encendiéndose, podría ser ella, de ser así tenía poco tiempo para alcanzarla, como pude, salí del edificio, antes ya había escuchado el ruido que hace un coche al ponerse en marcha. No vi nada, tan sólo percibí el olor de la gasolina, se había ido. Sería iluso buscarla en calles que conozco poco. Quienes han amado ciegamente, entenderán porque terminé recargado en una pared llorando. Todos los hechos y circunstancias de mi vida tendrían sentido si desembocaban en que pudiera conocer a esa persona; aquella maravillosa mujer de la diáfana sonrisa, perfecta cintura de avispa, y fulgurante cabello castaño rojizo. Mientras cerraba mis ojos para llorar, su rostro se me aparecía perfectamente nítido en mi mente.
Poco rato después, salió Homero de la discoteca, probablemente a buscarme. Yo seguía triste por la irreparable pérdida.
-¿Qué te pasa we? -dijo preocupado, es el más paternalista del grupo.
Enjugándome las lágrimas en la única manga de mi saco que tenía seca, respondí.
-Perdí a la mujer de mi vida.

Continuara...

lunes, 12 de marzo de 2012

Los pinches hipsters o I am a Legend güey


Intento evitar, por lo regular, los Starbucks y los American Apparel, siempre con éxito. Sin embargo, llega el momento de caer en lo inevitable. Encontrarme algún pinche hipster por la calle, es normal que en la colonia donde vivo abunden. Pero últimamente aparecen por todos lados.
Verbigracia: Abordo el tren subterráneo, pacientemente, sin ningún sobresalto, al verlo lleno, me encuentro con esos raros espécimenes; con sombreros que les cortan la circulación del cerebro; anticuados lentes de pasta dura negra, y un chaleco que cubre su camiseta de “niño pobre nice”. Aguanto las nauseas, comienzo a contar cuántos hipsters hay adentro, uno, dos, tres, cuatro... todo el vagón, no me molesta que existan, me molesta que sean demasiados.
El calor es insufrible, y ellos, muy campantes, cargan afeminadas bufandas de seda atadas al pescuezo. El miedo me corroe, ¿cómo pueden ser tantos? ¿Serán zombies o una extraña enfermedad que se contagia? No es tan lejano a la realidad, ahora que lo pienso, sus oídos están tapados por los audífonos donde escuchan su hipnótica e inverosímil música. Veo que todos traen aparatos y demás parafernalia del difunto Steve Jobs, eso explica, en parte, porque su otrora compañía no se va a la quiebra.
Las estaciones parecen alargarse el doble de su distancia real, observo la hilera de asientos ocupados, lleno de hipsters meneando la cabeza al unísono, no me sorprendería descubrir que sus aparatos reproductores de música estén sincronizados para que repitan la misma canción una y otra vez. El calor se encapsula y huelo el fétido vapor de una loción barata.
Ellos no hablan castellano, hablan un extraño dialecto que es entre: inglés, japonés, francés, ruso y nadsat, convirtiendo la pesadilla de Anthony Burgess en realidad, con la excepción de que serían incapaces de enfrentar situaciones violentas. Si un ejército de granaderos se presentara para reprimirlos, ello no pondrían resistencia, darían su trasero para evitar golpes y represalias, y se irían a sus casas a dormir después de beber un café de máquina expendedora o un té helado. Eso sí, corriendo en bicicleta, sobre las tercermundistas calles de la ciudad que no están diseñadas para vehículos bípedos, oliendo el smog de un corrupto camión de carga, que sobornó para pasar la prueba de verificación. Si un hipster, leyera esto, me tacharía de loco, reaccionario y derechista, y que debería ser como ellos; que luchan por las causas “nobles y justas”, tales como: El matrimonio gay (¿no todos los matrimonios son “alegres”?), la ecología desaforada, el apoyo al arte independiente y por tener un Starbucks en cada esquina. También se solazará de pertenecer al movimiento internacional de la indignación. Yo le contestaré que para ser indignado, se necesita ser pobre, tanto, como para dejar de estudiar por la necesidad de buscar trabajo, y vender todos sus símbolos de status para comer. En pocas palabras... dejar de ser un hipster.
Al llegar a la estación de transborde. Mientras subo la escalera eléctrica, las miradas parcas de los hipsters me hacen pensar que soy invisible para ellos. Ellos no pueden ver más allá de su universo exiguo, parecen inmersos en una realidad virtual que hace parecer el Distrito Federal como un paraíso primermundista. Tengo la teoría que dentro de sus gafas aparecen imágenes de las calles de Londres, Vancouver, Tokio y Nueva York. Ellos siguen su marcha hacia ningún lado, para que, posteriormente, en fin de semana, vayan a sus guateques, que es donde supongo yo que se reproducen. Empero, sus atuendos tan asexuales me hace reflexionar que no usan el coito como forma de concepción. Yo creo que se reproducen por miosis o como pequeños gremlins, les echas agua, y de la nada aparecen una docena de hipsters, con todo y Ipad en la mano.
En las boutiques de ropa, se esfuerzan en comprar una camisera de primera mano que luzca como si fuera de segunda. Compra ropa que bien pudo salir de un basurero como si fuera ropa de marca; pantalones destrozados a propósito con un precio con el cual podría comprar despensa para una semana. El hipster, a su vez, odia todo lo que conlleve un exceso de gasto de energía eléctrica, pero no se muestra muy preocupado cuando quiere escuchar su música “acústica” a todo volumen mientras pone a cargar su teléfono de nueva generación, sus netbooks, y demás artilugios portátiles.
Yo sigo mi camino, esperando otro tren a orillas del anden. Preocupado por la mujer que pueda ser infectada por el virus del hipster. Lo digo, porque el hipster no tiene género, son una masa asexual como ya antes lo he mencionado. La hembra hipster pasa por una lenta metamorfosis: primero luce hermosa y coqueta como cualquier mujer que intenta adaptar algo ajeno a ella. Para que luego, sea envuelta en una crisálida de revistas modernas, cartelones de grupos desconocidos (que convendría mantenerlos en el anonimato) y publicidad hecha por un diseñador gráfico drogado. Al salir del capullo se vuelve un ser carente de alma, cegada por el peso de sus anteojos de plástico.
Salgo de la estación del metro, como perseguido por una amenaza invisible, el pánico me invade y al salir a una calle cubierta por la oscuridad, los veo reunidos a manera de pequeñas tribus. No son una amenaza, pero si continúan multiplicándose, llegarán a serlo. Corro para huir de esa pesadilla, así como el espíritu de Robert Neville se apodera de mí, estoy tentado a grita “soy leyenda”. ¿Quiero comprar un café? Veo el amorfo ser con un piercing cerca del labio y la pose de desinterés clavada en el rostro. ¿Quiero refugiarme en un cine? Las butacas se encuentran llenas de seres con prendas anacrónicas, buscando el mensaje librepensador de una película cuyo único deseo es incomodar. ¿Quiero relajarme en un parque? El hipster saca a pasear a sus bestias al mismo tiempo que crea el tránsito de bicicletas en medio de la vía pública. Sigo corriendo, hasta que mi corazón lata frenéticamente y mis piernas me duelan. Termino recargado en una pared para tomar un descanso, un venerable anciano me ve y se acerca. Su aspecto humano me tranquiliza. Le sonrió. Él, preocupado, me dice:
-Joven, ¿es usted un hipster?

viernes, 3 de febrero de 2012

Dinorah y el alebrije


Dinorah se encontraba jugando en un columpio y a lo lejos miró el horizonte, era un crepúsculo hermoso y el sol, escondido bajo una colina, parecía una gigantesca naranja partida a la mitad. En el solitario lugar la niña era feliz columpiándose con toda la intensidad que sus piernas podían, ya una vez agarrando lo que se llama “vuelo”, ella carcajeaba de alegría sintiendo el vaivén del columpio, aquella sensación de no estar ni lejos ni cerca del suelo, como suspendida en el aire. Se columpiaba tan alto que Dinorah pensó que podía volar... ¡y voló! Veía las nubes rosas, semejantes a los algodones de azúcar que le gustaba comer en las ferias, logró tomar un cachito de nube, y al llevárselo a la boca, comprobó sorprendida que sabía a caramelo. Ella no tenía miedo a las alturas, y al bajar un poco la vista vio un pueblito, muy chiquito, porque a la altura que estaba, el pueblo lucía como una maqueta. Observó a la gente como hormigas; ya sea comprando fruta y carne en el mercado; a los niños haciendo travesuras en los parques; a una pareja de enamorados sentados en una banqueta, cerca del kiosco, comiendo cada uno un barquillo de nieve y, por último, un grupo de danzantes que bailaba alegremente enfrente de una iglesia. Sobra decir que la majestuosa iglesia se veía igual de pequeña que las casas de adobe, cuyos techos rojos, vistos desde el cielo, parecían una gigantesca alfombra.
Se fue lejos, volando cada vez más alto, surcando el cielo cual tecolote, hasta que una sombra llena de colores, a toda velocidad, se atravesó en su camino. Dinorah sintió curiosidad, y emprendió la búsqueda del extraño “objeto” que paso rápido ante sus ojos. Seguramente había aterrizado en un bosque, lejos del pueblo y la gente. Así como ella podía volar, también podía dejar de hacerlo, y pausadamente, fue bajando y bajando, y sin darse cuenta, cayó en un lago. Afortunadamente sabía nadar, y en la profundidad vio unas truchas muy raras, eran de todos los colores del arco iris, también vio unas ranas y sapos que parecían tener estampadas en las escamas, toda clase de coloridas flores y soles. Aquel lago en su interior era como un mirar a un gran caleidoscopio de luz y color.
Al salir a la superficie, vio a una gigantesca bestia alada bebiendo agua del lago, tenía un hermoso plumaje purpura, sus alas eran de un fulgor que parecían llamas, grandes y magníficas, tenía una larga cola como de lagartija con unas crestas anaranjadas y un cuello casi tan largo como el de las jirafas (también tenía manchas, pero las suyas eran de colores brillantes) y de su cabeza colgaban unas antenas. La bestia caminaba con sus cuatro largas patas, llenas de figuras curiosas, enredaderas y motas violetas y rojizas. Por su físico, parecía un reptil, quizá un dragón, de no ser por su majestuoso colorido, luciría amenazante. Y como Dinorah era un niña muy valiente, se acercó al curioso animal.
-¿Puedo montarme en tu lomo? -preguntó la niña inquieta.
El animal dejo de beber y respondió:
-Hace rato te vi volar, no me necesitas.
Abrazo risueñamente al animal, su plumaje era suave y terso, como aterciopelado, y le susurro al oído.
-Me gustaría más volar junto a ti.
Como usted adivinará, querido lector, el animal fantástico era un alebrije. Seres cuyo colorido se puede observar en todas las tiendas de artesanías del país. Lo curioso es que Dinorah ignoraba el nombre del ser que contemplaba sorprendida.
-Un alebrije no puede ignorar la petición de una niña tan dulce.
-¿Ale... qué?
-¡Alebrije niña! -dijo con orgullo-. Seres que cuidan el color del cielo y de la tierra: somos los que pintamos de violeta las jacarandas en primavera; los que al final de la lluvia pintamos el arcoiris, los que le damos brillo a las estrellas en la noche y en otoño le damos al cempasúchil su fulgor y aroma -miró el rostro de Dinorah, que estaba conmovida por los colores y la dulce e imponente voz del alebrije-. Aunque no te veo muy convencida de mi grandeza, anda, ¡ven y sube!
Dinorah montó el animal y hecho un rayo, despegaron al cielo infinito, la velocidad era insuperable, y el alebrije hacía mortales y piruetas, dibujando en el firmamento audaces acrobacias. Siempre es más bonito transportarse en algo ¿a poco no?
-¡Eres increíble! ¿Cuál es tu nombre? -preguntó mientras surcaban el cielo.
-Mi nombre está escrito en una lengua indescifrable, que únicamente nosotros los alebrijes podemos hablar.
-Entonces te llamaré José Luis -ése era el nombre del padre de Dinorah.
-Es un nombre algo vergonzoso, para el príncipe de los alebrijes.
-¡Oye! A mi me parece un bonito nombre... ¿a poco eres un príncipe? ¿Puedo ver tu reino?
José Luis, que así llamaremos al alebrije, soltó una carcajada.
-Te llevaría niña, pero últimamente las cosas no van bien en el reino, así como puede existir la luz y el color, también existe la oscuridad y la tristeza, tenemos nuestros enemigos ¿sabes? Seres que odian la alegría y el jubilo. Ellos quieren tapar al mundo con una manta de penumbra.
-¡Qué malos!
-Nosotros los alebrijes llevamos mucho tiempo luchando contra ellos, y siempre los hemos mantenido a la raya. Pero ahora ellos parecen tener más fuerza.
-¿Quiénes son ellos?
-Su sólo nombre me aterra, se llaman...
El cielo empezó a oscurecerse de manera súbita, José Luis se alteró y voló más rápido, pero ya estaban en vueltos en una nube negra que cada vez los envolvía más y más.
-¡Ellos están aquí! ¡Sujétate!
-¿Qué pasa? ¿Quiénes son ellos?
-¡No puedo más niña! ¡Tienes que despertar!
-¿Despertar?
Dinorah se despertó sobresaltada, en su cama. Todas sus visiones de que podía volar y ver alebrijes eran un sueño.
Nuestra protagonista vivía en una modesta casa en el bello y colorido pueblo de Tepoztlán, que se encuentra en el estado de Morelos, su madre tenía un bazar donde vendía velas, incienso, remedios para el amor y una que otra artesanía, también sabía leer las cartas y la mano. Por otra parte su padre era profesor en una preparatoria, aunque los días de carnaval los celebraba con peculiar alegría vistiéndose de chinelo (cabe recalcar que sin el disfraz, seguía pareciendo un chinelo) por cierto que ya se estaba acercando el miércoles de cenizas, y el padre de Dinorah (que también se llama José Luis) se encontraba siempre muy ocupado en sus ratos libres, confeccionando él mismo su traje de chinelo (en broma siempre le decían que no necesitaba la máscara).
Aquella mañana después del sueño, cuando se sentó con sus padres a desayunar, con su uniforme puesto y sus útiles listos, sintió la necesidad de contarle su sueño a su madre, ya que ella comprendía todo lo mágico y misterioso.
-Fue un sueño maravilloso cariño -dijo su madre, siempre vestida como gitana.
-Sí, pero lo que quiero saber es quiénes son “ellos” -replicó la niña -. Los que no quieren a los alebrijes.
La madre sólo le sonrío, a lo que contestó.
-No te preocupes, no conozco cosa tan mala que sea capaz de odiar a un alebrije.
-¡Pero el reino de los alebrijes corre peligro! ¡Mamá que puedo hacer!
-Calma hija -contestó el padre, mientras bebía café con una mano, y con la otra sostenía el periódico-. Lo bueno de los sueños es que son simplemente eso, sueños.
-¿Y si vuelvo a soñar con el país de los alebrijes?
-Considérate afortunada, serás la salvadora del país de los alebrijes.
Dinorah no se quedó muy convencida, no pudo dejar de pensar que eran “ellos”, si podían existir (o al menos imaginar) seres que sintieran tanto odio hacia los alebrijes, criaturas muy nobles y pacíficas, pero al mismo tiempo gallardas y valientes cuando las circunstancias lo requieren. La incertidumbre de no saber que cosa eran “ellos” le impidió poner atención a la clase, sumado al hecho de que estaba dibujando en su cuaderno a José Luis, el príncipe de los alebrijes, le valió una reprenda de su profesora.
-¡Dinorah, podrías poner atención!
Todo el salón se carcajeo de risa, y con mucha vergüenza Dinorah contestó:
-Disculpe maestra Tania, no volverá a ocurrir.
La pobre tuvo que esperar hasta el recreo para poder contarle su sueño a su único amigo, Josefino, un niño de su salón. Ella no tenía muchas amigas, como era un poco diferente a las demás (tenía el pelo lacio, era muy claro y le llegaba a la cintura, usaba lentes, y era blanquita y rosada) no les caía muy bien a las otras niñas; envidiosas de que Dinorah fuera una niña bonita y dulce.
Sentada en una banqueta, comiendo su almuerzo junto a su amigo, le explicó el sueño que había tenido, y le mostró la hoja donde había dibujado al príncipe de los alebrijes.
-¿Qué dices que es? -preguntó el niño con curiosidad.
-Un alebrije.
Josefino ya había escuchado ese nombre en algún lado, pero nunca se le quedaba en la memoria. Alebrije... qué palabra tan rara.
-¿Y qué se supone que hace?
-Dan brillo y color al mundo -el niño no parecía muy interesado, a lo que Dinorah agregó-. También pelean contra... “ellos”.
-¿Quiénes son ellos? -de pronto sintió interés.
-No lo sé, justo cuando José Luis el alebrije estuvo a punto de decírmelo, desperté. ¿Quiénes podrán ser ellos? ¿Quién me lo podrá explicar?
-Quizá en una tienda donde vendan alebrijes te puedan decir.
-¡Por qué no se me habrá ocurrido antes! -dijo emocionada-: Podemos vernos en la tarde en el kiosco de la plaza principal.
A su Josefino le parecía una locura, sin embargo, le gustaba mucho estar en compañía de su amiga, ¡y cualquier pretexto es bueno para salir y comprar una nieve de sabor!
La chicharra dando la hora de la salida sonó en la escuela, cuando la mamá de Dinorah pasó por ella, la profesora Tania las alcanzó para comentarle lo distraída que andaba el día de hoy. Ese es el problema con ser adulto, ¿a quién podemos consultar cuando el reino de los alebrijes corre peligro?. Caminar por las empedradas calles de Tepoztlán es siempre un gran placer, el cielo estaba despejado y el calor no era sofocante. Uno siempre puede alzar la vista y mirar con admiración el cerro del Tepozteco, tan grande y majestuoso que pareciera haber sido construido por gigantes, o uno puede escuchar el agradable bullicio de las calles, los restaurantes y cafés siempre con los mismos comensales, y algunas temporadas, llenos de turistas de todas las partes del mundo, en cualquier calle se puede escuchar la calma y la alegría; en cada tienda de artesanía; en cada panadería o confitería uno no hace más que sentir el calor humano de la gente y la sensación de encontrarse en un lugar maravilloso ¿quién sería tan desalmado para destruir la paz y la tranquilidad?
-Dinorah, me acaba de contar tu maestra que hoy no pusiste mucha atención a la clase -dijo su mamá-. Supongo que el sueño te dejo impactada, pero debo de darle la razón a tu padre. Los sueños son sólo eso, sueños. Nada que haya ahí es real o puede hacerte daño.
-Pero quiero saber quiénes son “ellos” -lo decía con verdadera angustia-, si puede existir algo tan terrible que odie la paz, la alegría y en especial a los alebrijes.
-Eres una niña muy considerada, pero yo creo que los alebrijes pueden defenderse por ellos mismos, así que no te preocupes más por ellos.
-Bueno, ¿pero en la tarde puedo ir con Josefino a la plaza, y preguntar en las tiendas en donde venden alebrijes, si hay una manera de ayudarlos?
-¿Después de que la profesora me contó de tu mal comportamiento el día de hoy? -afortunadamente su madre era comprensiva con todo lo mágico y místico a lo que contestó-: bueno, cuando termines de hacer tu tarea veremos.
Siempre que salían de la escuela, pasaban directamente al bazar de su madre, se encontraba en una especie de túnel, donde había más basares, ya sea de ropa, joyería o pequeñas fondas. Cualquiera que pasará veía inmediatamente las fuentes que adornan los negocios, o alguna gigantesca geoda, o el fuerte aroma de algún incienso. Dinorah al llegar al bazar de su madre se sentaba en un banco junto a una mesita, en la cual se ponía a hacer sus deberes. Mientras su madre atendía o se ponía a leerle la fortuna a una amiga.
«Un hombre muy atractivo se te aparecerá el día del carnaval» le decía a una. «¿En serio?» contestaba ésta. «Sí, será al final del desfile, tendrá los ojos azules y una frente amplia, provendrá de una tierra lejana», «¿París?» preguntaba a la adivina, «cerca, muy cerca» le contestaba.
Dinorah interrumpió la actividad adivinatoria de su madre, para avisarle que ya había acabado con sus deberes.
-¡Ya termine!
-Bueno, puedes salir, pero regresa a casa antes de las seis.
Encontró la plaza tranquila y medianamente poblada, aunque comenzaban los preparativos para la fiesta del carnaval, estaba igual de pacífica que siempre. Miró hacía el kiosco y descubrió a su amigo Josefino sentado en las escaleras.
-¿Estás listo para comenzar la búsqueda? -dijo la inquieta niña.
-Creo que debemos preguntar en la gran tienda “El Recuerdo”, uno de mis hermanos me dijo que es la tienda que tiene los mejores alebrijes.
-¡Perfecto!
Y se dirigieron a la famosa tienda, que era una muy bonita casa llena de toda clase de artesanías, desde máscaras, pulseras, esculturas de barro, juguetes tradicionales de madera, y sobre todo, alebrijes: los había de todos los tamaños, colores y formas, unos eran gigantes reptiles con motas floreadas y de los colores más vistosos que se puedan ver, otros eran puercoespines con espinas coloreadas, otros eran gigantescas aves, ranas, peces, caballos... en fin, no existía cosa o animal que no pudiera ser un alebrije. Para su sorpresa, vio el alebrije más grande e imponente que estaba en exhibición , ¡y era nada más y nada menos que José Luis el alebrije de sus sueños! Se quedo sorprendida y lo miró fijamente.
-¡Mira Josefino, es él, José Luis!
Y se quedo consternada, mirando fijamente la hermosa artesanía, cuando una aún más hermosa joven se les acercó.
-¿Puedo atenderlos en algo? -dijo con una sonrisa.
Era Amanda, la persona que siempre estaba atrás del mostrador, Dinorah al verla se dijo «¡Qué hermosa es! Cuando crezca quiero ser igual de bonita que ella» la joven tenía la piel acanelada, su cabello era castaño y ondulante, su rostro era más bonito que el de la virgen de la Natividad, y siempre atendía sonriendo. No siempre atendía la tienda, formaba parte de una compañía de teatro. Cualquiera que la veía en el escenario quedaba prendado de ella y decía “brilla como una estrella” o en las pastorelas llegaban a decir que no habían visto nunca una virgen María tan hermosa.
-¡Sí señorita, quiero ese alebrije!
-¡Bueno! -luego Amanda dijo con aprehensión-, pero temo decirte que cuesta mucho dinero, ¿llevas en la bolsa la cantidad que está marcada en el papel?
Vio el papel que indicaba el precio y... ¡Vaya que sí era caro!
-Lo siento señorita.
-¡Puedes decirme Amanda!
-Bueno, señorita Amanda, resulta que no tengo dinero, ¡pero le diré a mi papá que me lo compre! Porque se llama José Luis, igual que él.
-¿El alebrije se llama José Luis? -Amanda la miró con ternura y contestó-. Una niña tan dulce merece que le regalen el alebrije que ella pida.
De pronto sonaron las campanas de la entrada de la tienda, y apareció un joven pelinegro, con guitarra en mano, tocando una suave melodía que parecía ser una serenata. Era Andrés, uno de los tantos enamorados de Amanda.
-Amanda, en esto veo la gracia de Dios -interrumpió el enamorado.
-¿En qué, Andrés? -contestó Amanda, conociendo aquel fragmento de La Celestina, un clásico de la literatura Hispana.
-En dar poder a natura de tan perfecta hermosura -respondió Andrés haciéndose pasar por Calisto mientras imaginaba que Amanda era su Melibea.
La joven pareja se quedó en un incómodo silencio, mirándose un largo rato, hasta que Dinorha se impaciento, y preguntó:
-¡Señorita Amanda! ¿Los alebrijes tienen enemigos?
-¿Perdón? -dijo desconcertada.
-¿Eh? Veo que tienes clientes, no te preocupes yo me encargo -Y Andrés a quien le gustaba mucho inventar historias empezó a narrar-: Bueno, para empezar, los alebrijes son seres hechos de papel o madera, ¿y qué es la cosa a la que podría ser vulnerable un alebrije?
-¿El agua? -dijo Josefino.
-No.
-¡El fuego! -respondió Dinorah.
-¡Exacto! ¡El fuego! - y después continuó-: Esto lo digo, porque hace muchos años, en estas mismas tierras, existía un monstruo que echaba fuego y tenías forma de perro, su nombre era Xólotl y era el hermano malvado de Quetzalcóatl. Xólotl iba acompañado de su ejército de Nahuales: seres que se pueden transformar en cualquier animal. Tanto él como su ejército odiaban la luz y el color. Agobiados por la situación, los dioses le pidieron a Quetzalcóatl que detuvieran a su hermano, el problema es que no tenía un ejército, así que decidió crear a los alebrijes, ellos serían los guardianes de la luz y el color y ayudarían a Quetzalcóatl a luchar contra su hermano. La lucha fue épica y encarnizada, fue tan pero tan violenta, que al final solo quedaron Quetzalcóatl y Xólotl. Quetzalcóatl al ver el gran tamaño de su rival, dejo que se lo comiera vivo, Xólotl se lo trago de un bocado, afortunadamente sobrevivió al llegar a su estómago, y con una navaja de obsidiana le provocó un gran malestar, que Xólotl no tuvo más remedio que rendirse, y en castigo por sus fechorías, fue aprisionado en las profundidades de la tierra. Cuando el pueblo fue habitado por humanos, Quetzalcóatl les pidió a todos los artesanos que crearán alebrijes para que el pueblo estuviera siempre seguro.
A los niños les gusto tanto la historia que aplaudieron con alegría. Al salir de la tienda (porque querían dejar a la joven pareja a solas) Dinorah, se encontraba un poco feliz, ya sabía a quiénes se refería José Luis, el problema ahora es que no sabía como detener la amenaza.
Después de cenar una concha y un chocolate caliente, volvió a soñar con el mundo de los alebrijes, parecía menos alegre que como lo recordaba. Lo vio muy solitario y se sintió muy triste. Al caminar por los desolados cerros miró hacia el horizonte y; de pronto, su corazón se lleno de emoción al ver a lo lejos la imponente y colorida figura de José Luis. Corrió como si fuera una gacela para encontrarse con su amigo. Lo encontró muy serio y meditabundo.
-¡Niña! ¡Qué haces aquí! -reprendió el príncipe de los alebrijes-. Este no es un lugar seguro, “ellos”, los nahuales, están merodeando por todo el cerro. Trépate a mi lomo, te llevaré a conocer al ejercito que acabo de conformar.
Y se fueron volando hacia una pequeña planicie donde estaba el increíblemente colorido ejército de alebrijes, muy disciplinados y bien formados, se encontraban esperando las órdenes de su líder, el príncipe José Luis. Al aterrizar, un alebrije en forma de puercoespin se le acercó.
-¡Señor! El enemigo se encuentra cerca, estamos esperando sus ordenes.
-¡A ti te llamaré Toño! -la niña no pudo aguantar las ganas de ponerle un nombre a otro alebrije.
-¡Ja, ja, ja! Toño... me parece un nombre excelente -rió José Luis, después agregó con seriedad-. Esperaremos a que el enemigo se acerque, cuando esté lo suficientemente cerca, esperen mis ordenes para lanzarnos a la batalla.
-¿Y su invitada estará segura?
-Ella nos será de mucha ayuda en “el otro lado”.
-¡Oh! Entiendo, entiendo.
Mirando un poco más allá del campo de batalla, se lograba ver una gran sombra que cubría el horizonte, eran los nahuales, quizá no muy diferentes en esencia de los alebrijes, también tenían forma de animal, sólo que ellos no eran más que sombras, sin el colorido y bondad de los alebrijes. Dinorah sintió miedo al verlos.
-¡Qué haremos José Luis, son demasiados!
-No te preocupes mi niña, si los dioses nos favorecen, ganaremos la batalla hoy. Pero si perdemos, necesitaremos refuerzos. Así que te pediré de favor, que en dado caso de que no ganemos, les digas a los humanos que creen más alebrijes, es bien sabido que si un alebrije es creado en el mundo humano, aparecerá también en nuestro mundo. La hora se acerca, prepararé el ataque.
José Luis, volteó a ver las filas de su colorido ejercito, y con su gran voz les dijo:
-¡Hermanos! Los rumores desgraciadamente son ciertos, Xólotl ha despertado una vez más y también sus hijos, nuestra misión es proteger la luz y el color del mundo, así sea con nuestras vidas; sé que los dioses no socorrerán para garantizar nuestra victoria, sólo resta decir ¡a la carga!
Y el ejercito de alebrijes rompió filas al escuchar el grito de guerra, Dinorah se quedó en la planicie mientras veía a los demás alebrijes luchar contra los nahuales en una épica batalla, en la distancia sólo se lograba apreciar una gran mancha de color pelear contra otra mancha de sombra, desgraciadamente la mancha de sombra se hacía cada vez más grande, cubriendo todo el horizonte. Fue entonces cuando un agobiante pensamiento llegó a su cabeza: ¡Los alebrijes iban perdiendo la batalla!
Poco tiempo después, José Luis regresó a la planicie, se veía adolorido y lastimado, ¡a Dinorah casi se le rompe el corazón!
-Niña, será mejor que regreses a tu mundo y nos ayudes, díles a los humanos que creen más alebrijes para que vengan a ayudarnos.
-¡Pero cómo voy a poder hacer eso!
-Despierta y regresa a tu mundo, ¡el mundo de los alebrijes corre peligro!
A lo lejos vio a un gigantesco perro cubierto con llamas, era Xólotl, capaz de lanzar grandes llamaradas de fuego, la imagen fue lo suficientemente horripilante para que la niña sobresaltada despertará en su cama.
En la mañana, ya adentro de su salón de clases, se escuchaba el jubilo de los niños, la maestra no llegaba y los niños podían hacer lo que quisieran, todos parecían felices, menos Dinorah, que seguía preocupada por no saber cómo ayudar a los alebrijes. Se hubiera puesto a llorar de no ser por que vio entrar en su salón a Amanda. De un inmenso escándalo se quedaron en silencio al ver a la hermosa joven, era como si un ángel se hubiera aparecido de la nada del salón, algo no muy lejano de la realidad ahora que lo pienso.
-¡Hola niños! Mi nombre es Amanda y soy sobrina de la profesora Tania, vengo a sustituirla por hoy porque tuvo un compromiso, ¡así que saquen su libro de lecturas, nos vamos a poner a leer!
Dinorah pensó que su día no sería tan malo, Amanda era divertida y dulce; siempre se le ocurrían actividades divertidas y se sabía miles de historias, estar con ella era como estar de fiesta, a pesar de todo, Dinorah se seguía sintiendo preocupada.
Llegó la hora del receso, así que la niña se acercó a su profesora sustituta.
-¡Hola Dinorah! No sabes la sorpresa que tuve al ver que estabas en el grupo de mi tía.
-¡Hola señorita Amanda! A mi también me da mucho gusto verla.
-¿Y cómo has estado? ¿El mundo de los alebrijes ya se encuentra mejor?
-No -contestó con tristeza-, es de eso de lo que quería hablarle.
-No me digas, tendré que regañar a Andrés por contar historias tan feas.
-¡No, no, no!, él no tiene la culpa -y Dinorah se puso a relatar su sueño, al terminar dijo-: y no sé que hacer para ayudar a los alebrijes, me dijeron que les dijera a los humanos que crearán más alebrijes para que los ayudaran a pelear contra los nahuales de Xólotl, pero ¿cómo puedo decirles a la gente que se ponga a crear alebrijes?
Conmovida por el relato, a Amanda se le ocurrió una gran idea.
-¡Ya sé! Después del recreo les pediré a los niños que se pongan a dibujar alebrijes.
-¡Qué buena idea Amanda! También habrá que pedirles que los hagan a prueba de fuego.
-Sí, lo serán.
Dinorah de la emoción abrazó a Amanda. Así que al terminar el recreo, los niños, con plumas, lápices, colores, plumones, pinturas y crayolas, se pusieron a dibujar los más coloridos y vistosos alebrijes que su imaginación les permitía crear, de alguna manera, todos los niños del mundo dibujan alebrijes sin saberlo, porque los alebrijes viven en el mundo de los sueños.
Fue tanta su felicidad, que en la tarde, mientras su mamá le leía la fortuna a una de sus amigas, fue a la tienda “El Recuerdo” para ver a José Luis y contarle lo que acababa de pasar. Al entrar a la tienda notó que ahora el que estaba atendiendo era Andrés, quien estaba sentado en el mostrador, siempre con guitarra en mano, improvisando alguna canción.
-¿Ahora tú atiendes?
-Hay que trabajar de vez en cuando.
Su felicidad volvió a decaer, porque por más que miraba y buscaba, no encontró al alebrije José Luis.
-¿Y José Luis?
-¿Quién es José Luis? Yo tenía un profesor en la preparatoria que se llamaba así, le apodábamos “el chinelo”.
Dinorah por más que veía por todos lados, no encontraba a su alebrije favorito, así que con lágrimas en los ojos, se marchó de la tienda. Dejando al pobre Andrés hablando solo.
En la noche, Dinorah estuvo inapetente, no quiso comer su pieza de pan de dulce ni su chocolate caliente, y su cara reflejaba una tristeza difícil de ignorar.
-¿Qué te pasa cariño? ¿Te paso algo en la escuela?
-No mamá, la maestra no vino y la sustituyó mi amiga, la señorita Amanda, ella es muy bonita, es sólo que, sólo que -y en ese momento se volvió todo un mar de llanto-. ¡Se llevaron a José Luis, mi Alebrije!
Siguió llorando desconsolada en el regazo de su madre.
-Vamos, mi amor, las cosas van y vienen, ponte a pensar que ahora José Luis está con una familia que lo quiere, anda, deja de llorar.
Y siguió así, hasta que llegó su padre, por aquellos días llegaba tarde a casa, debido a sus prácticas con su grupo de la danza de los chinelos, ya pronto sería el carnaval. Aún traía puesto el traje y la máscara, en uno de sus brazos llevaba una caja.
-Ahora mujeres -se quitó la mascara, ¡increíble!, seguía siendo un chinelo y dijo-. ¿Por qué tanto drama?
-¡Papá, papá, se llevaron a mi alebrije!
-¿Se llevaron a tu alebrije? ¿No será de casualidad éste?
Y cuando abrió la caja, no podía creer lo que veía, ¡era el alebrije José Luis!
-De repente, me dieron ganas de comprar un alebrije -explicó el barbón y rosado padre, como chinelo- así nomas, el joven me sugirió el que ven aquí, curiosamente era un exalumno mio, me dio gusto saludarlo.
Y las lágrimas de Dinorah se volvieron lágrimas de felicidad.
-¡Papá, papá, es José Luis!
-Claro que soy yo.
-¡No, así se llama el alebrije! -gritaba de la emoción-. ¿Me lo puedo quedar?
El padre tenía planeado dejarlo como adorno en el librero, pero al ver a su hija llena de felicidad sosteniendo la colorida figura, le dijo:
-Bueno, está bien, sólo si prometes cuidarlo mucho.
-¡Sí, lo prometo!
Siempre llega la hora de dormir, el momento que ansiamos después de un arduo trabajo, o de un ajetreado día de escuela. Llega más pronto para los niños. Dinorah volvió al país de los alebrijes, vio más solitario el lugar, más que la vez pasada, miro hacía el cielo y logró ver a José Luis volando en círculos, se acercó a ella aterrizando con elegancia, Dinorah lo recibió con un gran abrazo.
-José Luis ahora eres mio.
-Gracias, niña, los alebrijes que vinieron nos ayudaron a ganar la batalla, ¡dudo mucho que el mismo Xólotl vuelva a aparecer!
Aparecieron todos los alebrijes que estaban escondidos entre los matorrales y le dieron muchas hurras a Dinorah, la celebración fue interrumpida cuando apareció a lo lejos Xólotl, ya sin su ejército de Nahuales.
-¡Ni creas que me has derrotado sucio alebrije! -vociferó la inmunda bestia llameante-. Derrotaste a mi ejército, ¡pero yo todavía puedo quemarlos!
-Creo que viene la batalla más dura de todas muchachos, bueno ¡a la carga!
-¡Espera! yo me encargo -interrumpió Dinorah.
-¡Pero niña!
-No se preocupen, sé lo que hago, pero antes quiero ver a Toño.
-¡Aquí estoy! -dijo el simpático puercoespin.
-Perdóname por lo que te voy a hacer.
Dinorah le arrancó unas cuantas espinas, que ocultó en su espalda, el pobre Toño soltó un grito de dolor. La valiente niña se acercó a la bestia llameante.
-¡Qué puede hacer una criatura tan insignificante como tú! ¿No sabes que puedo comerte de un sólo bocado?
Y sin desperdiciar un segundo, la bestia se la trago de un bocado, cabe aclarar que las bestias no tienen el buen hábito de masticar, todos los alebrijes se quedaron sorprendidos, «¡pobre niña!» decían. Xólotl comenzó a regocijarse de la victoria, mientras los alebrijes lamentaban la perdida de su amiga, pero pronto las carcajadas del monstruo se transformaron en llanto, Xólotl empezó a sentir un horrible dolor de estómago, ¡qué ingeniosa era Dinorah! Se había metido a propósito en el estómago del animal para provocarle malestar en su barriga, lastimándolo con las espinas del alebrije Toño. ¡Como en la leyenda que le contó Andrés! Xólotl no tuvo más remedio que escupir a Dinorah y caer rendido, fue así como los alebrijes volvieron a aprisionar a la bestia por otros miles de años más. La paz volvía reinar, y el colorido regresó al país de los alebrijes.
La semana siguiente fue de carnaval, ¡qué otra festividad puede estar acompañada de luz y color! Ya sea con el sin igual baile de los chinelos, qué el padre de Dinorah bailo con mucha alegría, con las calles tapizadas de confetí y papel maché, con la gente vestida de todos los colores habidos y por haber, con las sorprendentes máscaras, con los juegos pirotécnicos adornando la bóveda celeste, como estrellas, o con los colores de los deliciosos dulces. En aquel carnaval se divirtió como nunca junto con su familia. También vio a Amanda, vestida con un hermoso vestido tradicional, acompañada de Andrés, muy juntitos los dos.
¿Y José Luis, el alebrije? Él se encuentra en la recámara de Dinorah, está ahí para protegerla en sus sueños, y siempre que quiera, viajar al país de los alebrijes.
Así que querido lector, aunque el país de los alebrijes está seguro por ahora, no está demás crear o comprar uno, para que nos proteja mientras durmamos. Un alebrije es un aliado y un amigo para toda la vida.

Sobre "North by Northwest" de Alfred Hitchcock


Título: North by Northwest
Dirigida por: Alfred Hitchcock
Guión: Ernest Lehman
Música: Bernard Hermann
Actúan: Gary Grant, Eva Marie Saint y James Mason

¿A quién no le gustaría, en algún momento de la vida, experimentar una aventura? Un viaje que esté lleno de emoción, suspenso, y grandes dosis de adrenalina. Creo que a muchos de ustedes, queridos lectores, les gusta imaginar, como a mí, su vida como una película. Por desgracia, la vida no está exenta de imperfecciones. Idealizamos un momento o un plan futuro, casi llegamos a creernos nuestros pronósticos y hasta repasamos mentalmente unas cuantas líneas, llega la hora, y resulta de la forma contraria a la que esperábamos. Es por eso que creo que el cine es una verdadera maravilla y cumple una función social que dista mucho de sólo entretener. Creo firmemente que es el medio más eficaz de transmitir de manera masiva una ficción; un sueño envuelto en celuloide. Pero no basta con transmitir una pequeña mentira que tanto el espectador como el director saben que no es real, hay que saber desarrollar una historia de tal manera que el público se logré sumergir en la ficción que está presenciando, y en definitiva, Hitchcock era un maestro para lograrlo.
North by Northwest (en España conocida como “Con la muerte en los talones” en Latino América como “Intriga internacional”) es un viaje sin precedentes por algunos de los sitios más representativos de los Estados Unidos. El punto de partida de esta increíble odisea de suspenso es en Nueva York, donde el aburrido agente de publicidad, Roger Thornhill (interpretado por el galante y genial Gary Grant), es confundido con un agente del gobierno, y es perseguido por una organización que se dedica a vender información clasificada del gobierno, liderada por Vandamm (un James Mason desafiante y malévolo). Thornhill ignora toda la maraña de intrigas y conspiraciones entre los agentes del gobierno y los terroristas y con suma razón, ¡él toda su vida la ha dedicado al negocio de la publicidad!, pero al huir del primer intento por desaparecerlo, obligándolo a conducir totalmente borracho en una autopista a alta velocidad, se topa con un nuevo obstáculo a demás de Vandamm y sus secuaces: La incredulidad de la policía... ¡y de su propia madre! Al intentar limpiar su nombre y descubrir al “verdadero agente”, sus investigaciones lo llevan al edificio de las naciones unidas, sólo para ser inculpado de la muerte de un diplomático y convertirse en el enemigo público número uno de toda la unión americana. Pero... no hay mal que por bien no venga, y al abordar un tren que momentáneamente le permitirá burlar a la justicia, conoce a la misteriosa femme fatale, Eve Kendall (una hermosa y sofisticada Eva Marie Saint, la clásica rubia que no puede faltar en un film de Hitchcock) quien lo ayuda a esconderse, ignorando que “casualmente” es la amante de su antagonista, Vandamm. Y aquí llevamos apenas una cuarta parte de lo que es la película, donde la acción es el plato fuerte, y el incesante acecho y persecución en el que vemos sumergido al protagonista, nos hace sentir como si nosotros fuéramos los verdaderos actores de la película. Por un momento nos distanciamos de nuestra vida, y somos Roger Thornhill, un hombre convertido en agente secreto a la fuerza y que intenta desentrañar una conspiración de alcance global, al mismo tiempo que intenta salvar a la mujer que ama.
Me gusta tanto North by Northwest que siempre que enciendo mi computadora, veo el wallpaper de mi escena favorita, la de Thornhill huyendo de un biplano en un desolado campo, escena parodiada y homenajeada miles de veces por la televisión, como en el episodio de los Simpson de cuando Marge intenta superar su miedo a volar y dentro de sus traumas recuerda el sorpresivo, como también ridículo e injustificado, ataque de un biplano sobre un maizal. Un homenaje que sólo un verdadero cinéfilo puede detectar. También en la serie “Padre de familia”, más específicamente en el episodio “Muerte en Quajhog” sino me equívoco, donde Peter y Louis intentan huir de un Mel Gibson enloquecido por que descubrieron su nuevo film de tendencias religiosas, se parodia la escena final, que se desarrolla en el famosísimo monte Rushmore. Estos dos ejemplos son una clara muestra de lo que una película puede provocar en el imaginario colectivo, demos gracias al cine por transportarnos a viajes que en nuestra realidad resultan imposibles: Todos deseamos un poco de emoción en nuestras vidas, pero nadie desearía ser perseguido por un crimen que no cometimos, ser atacado por una avioneta que violentamente dispara contra nosotros en un campo desolado (¡totalmente descubiertos y desarmados!), conducir a alta velocidad alcoholizados o enfrentar a unos maleantes en un monumento histórico, con grandes posibilidades de caer al vacío en el menor descuido (es sello de Hitchcock llevar el climax de la cinta en monumentos cívicos).
El guión de Lehman y las actuaciones del reparto son tan convincentes y redondas, que uno ignora que la madre de Thornhill, bien podría ser su contemporánea (Jessie Royce Landis tenía la misma edad de Gary Grant). Pero dejando a un lado lo envolvente que es la película, se nos muestra un mensaje maravilloso, sin importar los defectos que uno tenga, cualquiera puede ser un héroe, siempre y cuando sepa asumir su rol, no importa los obstáculos que se presenten. A final de cuentas, creo que todos tenemos un poco de Thornhill en nuestro ser, en cada situación extraordinaria que logramos resolver, en cada apuro en que salimos campantes, ahí estará el espíritu de la película “North by Nortwest”.
La música Bernard Hermann es épica y realmente complementa las escenas de acción de una manera sublime, la fotografía es hermosa y majestuosa (en especial la escena del biplano y un encuadre, a manera de vista de pájaro, de la vista de un piso muy superior del edifico de las naciones unidas), un clásico que no sólo les mostrará lo que es capaz un hombre en situaciones extrema, sino también descubrirán como una madre sobreprotectora puede poner en vergüenza a su hijo... ¡enfrente de sus posibles asesinos en medio de un ascensor!
En conclusión: Un verdadero monumento al cine de acción y suspenso, de las mejores de Hitchcock.

jueves, 19 de enero de 2012

Sobre “The Party” de Blake Edwards


Odio las fiestas, créanme que no aguanto estar en una mucho tiempo, y también creo firmemente que ningún ser sensato va a divertirse a ellas (para eso mejor pongan una película de Blake Edwards, es entretenimiento garantizado). Empero, para mi desgracia, parece existir una ley universal en el complejo mundo de la psique femenina: La “fiesta” es el lugar; el evento por excelencia. La oportunidad de ponerse sus mejores atavíos y pescar el mejor candidato con el mejor material genético. Mentira que van a “divertirse”, para ellas diversión significa la coquetería detrás de su sofisticado antifaz de maquillaje, el sentirse más atractivas en compañía de un hombre, la insistente competencia por ver quien es la más deseada... en fin, un festival de hipocresía y engaño. Todavía recuerdo, tristemente, que cierta compañera de la facultad que destrozó mi corazón, se la pasaba hablando de las fiestas, que era, además de sus actividades extracurriculares, su “actividad” favorita (seguramente ese día que tuve la desgracia de encontrármela en la calle de frontera y Álvaro Obregón, se dirigía a una fiesta, sniff). También recuerdo a una mesera de la que estuve enamorado, que prefirió salir con un actor mediocre, sólo por que la llevaba a fiestas. Inclusive, la única vez que tuve un poco de acción con una mujer, admito que fue en una fiesta, horrenda por cierto (la fiesta, digo).
Quizá por eso me siento tan identificado con Peter Sellers (famoso por su papel del inspector Clouseau en la Pantera Rosa, también de Blake Edwards), en su simpático papel de hindú (un británico haciéndola de hindú, qué escándalo), en el cómico film “la fiesta inolvidable”.
La película va más o menos así: Hrundi V. Bakshi, un bien intencionado, pero muy torpe actor. Crea todo un caos en un set de filmación. El director del film, indignado, le pide al productor que lo veten de los estudios para siempre, al apuntar el nombre del actor, accidentalmente lo ponen en la lista de invitados de su fiesta . Hrundi recibe la invitación, y va con la mejor de la intenciones, a dicha fiesta. Donde su torpeza y su bondad desataran situaciones hilarantes en una reunión destinada al fracaso.
Tal vez sea una interpretación personal, pero en las películas que he visto de Blake Edwards, como la Pantera Rosa, Desayuno en Tiffanys y sobre todo en ésta. Hay una muy sutil crítica a las hipócritas reuniones de las altas esfera, donde el hombre común, simple y ordinario, en contraposición con los demás invitados, inclusive con el mismo anfitrión, es visto claramente con mayor riqueza humana. En el caso del hindú Hrundí, observamos un personaje humilde y sensato que sólo quiere pasarla bien, pero las fiestas nunca están diseñadas para pasarla bien. La presunción, la pose y el despilfarro, son los principales protagonistas de dichas reuniones. Hrundí no para de meterse en problemas y causar destrozos al intentar adaptarse en un universo al cual no pertenece, habitado principalmente por personajes bizarros como: actores de westerns que salen con modelos italianas, productores que ultrajan a sus actrices y sobre todo, gente superficial. No todo es ridículo en el buen Hrundí, la ingenuidad que trasmita logra, de alguna manera, cautivar a una actriz en ascenso de nombre Michel (interpretada por Claudine Longet), quien junto al despistado hindú, logran autoexcluirse de la fiesta, y prácticamente realizan una fiesta, dentro de la misma fiesta.
La película es un festín de carcajadas, pero llega a momentos ser conmovedora, la música de Henry Mancini es siempre impecable y sofisticada, y bueno... Peter Sellers es una leyenda dentro de los actores de comedia.
¿Quieren ahorrarse ir a una fiesta? Vean “The party” y olviden todos los inconvenientes de las fiestas reales.