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jueves, 7 de junio de 2012

A Ray Bradbury


El deceso de Ray Bradbury me afectó de una manera que quizá muchos no entenderán, intentaré explicar está singular cuita de la manera más sencilla y honesta posible. Hoy seis de junio del 2012, me levanté al medio día con la peor de las noticias, uno de mis más grandes ídolos de la literatura, Ray Bradbury, fallecía a los 91 años, la noticia me la pasó mi amigo Adrián de la Rosa vía Facebook (gran fan también). Me quedé desconcertado varios minutos, la razón, venía pronosticando su muerte desde hace ya algunos meses. Poco antes de la muerte de Carlos Fuentes, pensé “ya no nos queda mucho Bradbury” y cada día miraba la página de noticias CNN con preocupación. Con un poco de humor negro, diré que por fortuna, murió primero el ilustre mexicano.
Ahora con la muerte de este sensacional y excelente autor de literatura fantástica, siento una honda tristeza y nostalgia, porque es comparable a la de perder un viejo amigo o la de un conocido que valorabas mucho. Yo de verdad amé su trabajo. De niño, leía únicamente historietas (yo iba en la primaria y curiosamente, mi lectura favorita eran las tiras cómicas de El Santos de Jis y Trino, lectura no apta para menores, y que casualmente, el amigo que me paso la triste noticia, trabaja en el desarrollo de la película animada) y revistas de divulgación científica y de videojuegos, los libros sin ilustraciones nunca me llamaron la atención. Aunque recuerdo mi primer acercamiento a Bradbury, fue (no lo van a creer) en los libros de texto gratuito en los suplementos de lectura, en uno de ellos (creo fue en el de quinto o sexto, no recuerdo), había un fragmento de Ylla, cuento que viene en las “Crónicas Marcianas”, que sólo narraba la casa de cristal de la señora K. Posteriormente, en segundo año de secundaria, una profesora de español nos contó una versión muy reducida de “Farenheit 451” olvidando mencionar el nombre del autor. Pero el verdadero acercamiento a Bradbury llegó por sugerencia de mi tío Iván, quien me adentró en el mundo de los videojuegos, el metal y The Cure. En ese entonces, a mis trece años, no era un lector de libros, pero mi tío me hablaba maravillas de él, así que investigando en la biblioteca de mi casa, encontré varios, entre ellos “Fantasmas de lo nuevo”, al comenzar la lectura no sabía lo que me esperaba: máquinas en el tiempo (el invento Kilimanjaro) , abuelas robóticas (canto el cuerpo eléctrico), bebes nacidos en una dimensión alterna (el niño del mañana) y otros maravillosos esperpentos me abrían un nuevo y maravilloso universo. Creo que mis primeras lecturas de ciencia ficción fueron 2001 odisea espacial de Arthur C. Clarke y Dune de Frank Herbert, pero Bradbury poseía una voz tan íntima, tan personal, que caí irremediablemente enamorado de esos viajes fantásticos y a la vez tan cercanos y familiares, que durante mucho tiempo no quise leer otra cosa más que libros de Ray Bradbury. Pero cuando leí Crónicas Marcianas, ¡Oh dios! Fue una revelación para un triste y solitario muchacho de trece años, con frenos en los dientes y anteojos. Los mundos imaginarios en el planeta Marte, la ingeniosa cronología de los cuentos, la emoción, la crítica y la nostalgia impresas en cada página, por mucho tiempo fue mi libro favorito, luego vino “El Hombre ilustrado” y después, una novela, “La Feria de las tinieblas” ¡Wow! Qué increíble historia, me conmocionó el hecho de que los protagonistas tuvieran mi edad, catorce años, y todas las maravillas terroríficas impregnadas en todo el libro: El señor eléctrico, el hombre ilustrado, enanos y un carrusel que rejuvenece o envejece al usuario dependiendo en que sentido vaya, lo leí con mucha avidez y la satisfacción de terminarlo fue tremenda. Sin embargo, uno de mis cuentos favoritos, viene en el libro “Las doradas manzanas del sol” fue en uno de los larguísimos viajes de autobús en camino a la escuela (iba en el CCH) que leí el tierno y dulce cuento “La bruja de abril”, al acabarlo de leer aún sentado en el asiento del transporte público me dije “esto es lo más bonito que he leído en mi vida”. Asimismo, Bradbury me inspiró a escribir en mi pubertad y adolescencia, quería ser escritor en un principio (más tarde llegó la música), de esa etapa sólo conservo manuscritos ilegibles con pésima ortografía y argumentos pobres. Empero, aun hoy lo considero una de mis más grandes influencias.
Su trabajo de guionista es notable, no he visto los episodios de la dimensión desconocida inspirados en sus relatos, ni su show de tv Bradbury Theater. Pero hubo dos encuentros en mi infancia con Bradbury, dos largometrajes animados de hecho, que yo ni estaba enterado que este gran hombre de Illinois estuviera atrás de ellos. En canal cuatro, en un lejano especial de Halloween de mediados de los noventa, pasaron “el árbol de noche de brujas” (de hecho recibió un Emmy por ese guión), animación que no he vuelto a ver, pero dejó un recuerdo imborrable en mi memoria, tanto que al conseguir el libro una década después, me impresionó ya conocer esa historia. Y la adaptación animada de “Las aventuras del pequeño Nemo”, obra sublime de animación a la que no se le da mucho crédito, hasta hace poco me enteré que el guión corrió a cargo de mi gran héroe literario. Puedo pasármela días hablando de mi primer escritor favorito y espero que este humilde y pobre anecdotario del recuerdo que me dejaron sus valiosos libros sea una introducción a la obra de este genial dador de fantasías. Quisiera, antes de despedirme, mencionar otro hecho que motivó que la desaparición de Bradbury me pesara. Hace una semana, comencé a escribir dos ambiciosos cuentos, que pronto les mostrare, y al momento de escribirlos pensé mucho en Bradbury. Fue el día de ayer, cinco de junio, que no sé por qué razón, me imaginé a Ray Bradbury, cansado y fastidiado, sacando una botella de vino de diente de león de su natal Illinois, diciendo algo así de que ya estaba cansado y era momento de partir, yo negué esa visión y me reprendí “Bah, vivirá para siempre, así se lo dijo el hombre eléctrico”. Resumiendo, puedo decir que Bradbury me enseñó amablemente el amor hacia los libros y la lectura, me inspiró a escribir y me mostró una faceta de mí mismo en cada uno de sus libros, además de ser una persona que siempre quiso mucho al pueblo mexicano; en cada uno de sus libros, al menos hay un cuento que destaque la alegría mexicana, algo inusual en un escritor americano. Descanse en paz el maestro Ray Bradbury (1920-2012).

México D. F. 7 de junio del 2012.

viernes, 13 de abril de 2012

Crónica de un jueves trágico


En memoria de Paulo Scheinvar y los cinco estudiantes acaecidos en el accidente del 12 de abril del 2012 en la carretera México-Toluca.

Desperté con mi teléfono celular sonando, no tuve ganas de contestar. Apenas en la madrugada me había desvelado viendo la película “The man who knew too much” la primera versión de Hitchcock, con el despreciable y al mismo tiempo sensacional Peter Lorre como el villano. Prácticamente es todo lo que hago en estos últimos días: escribir, ver películas y aparentar que voy a la escuela. Como la única clase a la que voy de martes a jueves es al mediodía, me levanté de mala gana a contestar, en la pantalla de mi Blackberry veo que me está llamando mi padre «ahora qué quiere» me pregunto.
-Diga -contesto adormilado.
-Hijo ¿estás ahí? -no logro percibir el tono de preocupación de mi padre, me molesta que me despierten cuando duermo muy plácidamente, aparte la pregunta me sonó medio absurda, estoy aquí, ¿qué tiene eso de raro?
-Sí, estoy aquí en mi casa, en la Roma, ¿qué sucede?
Un muy suspensivo mutis hace que me preocupe, me he habituado a recibir malas noticias y eso era signo de que algo había ocurrido.
-Ocurrió un accidente -responde, interrumpiendo el silencio, mi padre-. Un trailer se acaba de estrellar contra un autobús que llevaba alumnos de la facultad de economía que iban a una práctica.
Recibir una noticia trágica de golpe, es siempre un tanto irreal, significa que mientras dormía, personas que probablemente conocí o vi apenas ayer, desaparecieron. Sólo pude pensar en lo peor, y las dudas que pronto me asaltarían me mantuvieron tenso toda la mañana.
-¿No sabes qué grupo fueron los que estaban en ese autobús? -pregunto preocupado, no siento mucho aprecio por mis “compañeros”, pero podría ser cualquiera, pensé en Stephannie; que por su especialidad y por que está apunto de terminar, deduje que sería muy improbable que ella hubiera salido a una práctica. Pero la posibilidad de que ella saliera a práctica por “x” o “y” razón seguía latente.
-No han dicho nada, me enteré mientras veía el noticiario de Carmen Aristeguí -dijo mi padre, más tranquilo sabiendo que su único e irresponsable hijo seguía vivo y coleando.
Siempre evito salir a prácticas. Recordé la primera vez que tenía que salir a una, fue en la materia de investigación que me impartió en el primer semestre el profesor Paulo Scheinvar. Falté, no tanto porque considerara que estás tragedias fueran posibles, sino porque el profesor era demasiado inflexible y estricto, y si confirmaba que saldría a la práctica y llegaba tarde, me reprobaba. Quise evitar la responsabilidad de asistir y no fui.
-Nunca voy a prácticas -dije a manera de despedida.
Tenía muchas dudas, pero mi principal preocupación era saber si Stephannie se encontraba bien, tendría que darme prisa y corroborar qué estaba sucediendo en la facultad. Noticias así son terribles y las autoridades, el personal docente y los alumnos se deben estar movilizando o haciendo algo. Intenté averiguar algo en la internet, tan sólo una noticia un poco ambigua en la página de la jornada. Dejo, entonces, un recado en Facebook, esperando una respuesta, nadie contesta. Sigo pensando en Stephannie. No hay modo de comunicarme con ella; hace algunos días recibí una carta cadena suya, que llevaba a una página que no se podía abrir. Me sentí enojado. Llevamos tiempo sin hablar casualmente, ni comunicarnos vía Messenger, nunca aceptó ser mi “amiga” en Facebook, y ya una impenetrable barrera de diferencias nos apartaban; ella sería una prometedora profesional y yo seguiría siendo un vago indigno de ella. Pero sin importar los crueles hechos que rodeaban una relación vacua, mi afecto por ella no ha disminuido y me dolería mucho saber que algo malo le sucedió, en el fondo sabía que estaba bien, pero tenía que al menos verla para estar tranquilo.
Salgo de mi recámara, mi madre me reprende por no sé qué cosa, le digo que se calle y le explico la noticia, la noto consternada, pero pronto se tranquiliza, yo no soy el que está ahí. Qué egoístas somos a veces, mientras la tragedia no sea a alguien conocido, poco nos importa.
En ese instante desconocía qué grupo era el que se encontraba en el autobús. El nombre de Paulo Scheinvar fue el primero que se me ocurrió, él es el que habitúa salir a prácticas fuera de la ciudad, descarté esa posibilidad, negando deliberadamente que un profesor que conocí estuviera muerto. No creo que él esté ahí, no Scheinvar.
Mi madre me prepara un licuado de fresa para el desayuno, trato de distraer mi mente, pensar en que Stephannie estaba bien -en cierta forma estaba seguro de que estaba bien, pero con una inesperada noticia de la cual en los primeros minutos no se dan detalles ¿quién está al ciento por ciento seguro de algo?-. Termino mi desayuno y corro a la facultad.
En largo trayecto del metro, hojeo un libro sobre la película “Ciudadano Kane”, aún sin asimilar la repentina noticia, sin entender las dimensiones que tienen las repentinas pérdidas de jóvenes estudiantes. No quise pensar mucho en la fortuita tragedia, sólo me preocupaba Stephannie.
Llego a la facultad, sin antes distraerme en los puestos de libros, o en comprar café. La facultad luce como siempre, sólo que ahora se respira un aire de incertidumbre. Preguntó a uno los del puesto que vende café si saben algo sobre el accidente, saben lo mismo que yo, que murieron cinco personas, pero no saben sus nombres, voy preguntando a los compañeros y descubro que los que salieron a la práctica fueron alumnos del segundo semestre. Me tranquilizo un poco, porque ahora las posibilidades de que Stephannie esté bien son muy altas. Pregunto por el profesor, me dan un nombre improvisado, creyéndoles, pienso que ninguna persona conocida abordó el autobús. Veo al profesor Ciro Murayama a lo lejos, me siento tentado a preguntarle, pero al ver su perfil hostil -más hostil que de costumbre-, reprimo mis ganas de satisfacer mis dudas. La veo, por fin, le grito “¡Stephannie!”, ella voltea y sonríe, con todo el ambiente de incertidumbre y preocupación, ver al menos una vez más su sonrisa y sus ojos verdes, es suficiente para eliminar una de mis más negativas cavilaciones, al menos una de mis principales preocupaciones fue anulada.
-Stepahnnie -le digo- me da gusto que estés bien ¿sabes algo sobre el accidente?
-No, apenas me acabo de enterar, fueron compañeros de segundo semestre ¿no? Sería una lástima que alguno de los dos muriera, ya que estamos a punto de terminar.
-No -corregí-, tú terminarás, yo... bueno, no me gusta hablar de mi situación académica.
-Bueno, a mi también me da gusto que sigas vivo.
-¡Es bueno estar vivo! -siempre que estoy con ella, actúo como un idiota, y por mis idioteces nos distanciamos, ahora, aprovechando que tenía su atención, quería satisfacer otra duda, una muy ajena a la trágica noticia que nos rodeaba-. Este... ¿escuchaste la canción que te compuse?
-¿Cuál canción?
-La que te mande en tu cumpleaños -fue en diciembre.
-No, he estado muy ocupada y no he revisado mi correo.
-¿Quieres escucharla? La tengo en mi Blackberry.
-Llevo prisa, tengo que ver a mi asesor a los cubículos.
Ahora otra tristeza me acechaba, ella pronto tendría un prometedor futuro en el que yo no formaría parte, no tuve más remedio que despedirme de ella.
-Me dio mucho gusto saludarte.
-A mí igual.
Las clases con el profesor Wing Shum son siempre muy divertidas, pensé que me animarían un poco después de la amarga noticia, de la que desconocía todas sus dimensiones, y del sentirme tan lejano e indiferente de Stephannie. Me animé un poco, a final de cuentas, seguía vivo. La vida es un problema, sólo la muerte no lo es, dice Zorba el griego.
No quise saber más sobre la noticia hasta que llegué a casa, al revisar el Facebook me entero de lo peor. El profesor Paulo Scheinvar había muerto.
Su muerte me afectaba de una manera muy particular; Scheinvar fue el primer profesor que me dio clase en la facultad. A lo largo del día lo recordé, con su panza de botella, una prominente nariz aguileña, su cabello opacamente canoso, sus ojos azules, su arrogante porte y su acento brasileño, a pesar de lucir más como un escandinavo.
Recuerdo ese terrible primer día de escuela, en que empecé a hacerme la pregunta que me hago todos los días “qué demonios hago aquí”, y vi por primera vez al profesor, paseándose altanero por el salón mientras una puerta floja se negaba a cerrar bien, hasta que súbitamente cayó, retumbando sonoramente, fue cómico. Dio sus primeras y muy optimistas palabras:
-Ustedes estudiaran para resolver la pobreza del país.
El significado que le doy a aquel primer día de escuela es el de que todo en mi vida comenzó a ir de mal en peor. La repentina muerte de Scheinvar no sólo es la desaparición de un reconocido investigador o profesor de introducción a le investigación económica. Es, ante todo, la desaparición de un ser humano. Voy a ser sincero, yo odiaba al profesor Scheinvar, era muy metódico y estricto, sí, cualidades esenciales en la enseñanza, pero el profesor pecaba de serio y ortodoxo. Si hacías algo más, no dudaba en ponerte en vergüenza ante todo el salón, no toleraba la impuntualidad, y, espero que me disculpen, era un verdadero Nazi de la ecología. Podría no estar de acuerdo con lo que pensaba, con su forma de educar y por su terrible carácter. Pero nunca le desee mayor mal más que le diera un resfriado, o que se lastimara un tobillo para que faltara a clases. El señor Scheinvar era un profesor y un investigador, pero también era un ser humano.
Su muerte cierra de manera amarga un ciclo en la vida de muchos. En lo personal, haber estudiado y verlo desaparecer, capitulan muchas cosas: el inicio de una carrera que odio o no le tengo mucho interés; el único y último beso de una mujer de la que nunca volví a saber nada en una fiesta de día de muertos; el cambio de domicilio; el serio metejón que sufrí -y sigo sufriendo- por una compañera pudiente; la internación de urgencias de mi madre y su pronta recuperación; el nacimiento de una prima; la muerte de la esposa de uno de mis tíos; la muerte de uno de mis primos; el nacimiento de otros dos primos. Y sobre todos estos sucesos, interminables proyectos y esperanzas, que al pasar los días, lucen más lejanos e irrisorios.
Quise compartir mi desolación con alguien, el único que quizá me comprendería, sería mi amigo Alán quien estuvo en el mismo grupo que yo, aquel primer día en que una puerta casi aplasta a Scheinvar.
So pretexto de regalarle un libro que me pidió. Regresé a la escuela, ahora estaba un poco vacía y un modesto altar se había erigido, vi a Alán rodeado de otros compañeros, igual de indignados. Me perturba ver a los alumnos y al profesorado en un estado de negación, un silencio acompañado de murmullos se instaura en las mezzanine. La vida sigue su curso normal, salvo el altar con veladoras y flores en honor al profesor y los estudiantes, y los lúgubres moños negros en la entrada.
Al retirarme, no deje de pensar en el momento: desde que los jóvenes, sin sospecharlo, abordaron su autobús para salir a Michoacán a una práctica de campo. Los imaginé viajando junto al profesor Scheinvar, tranquilos, quizá un poco desvelados porque la cita era temprano. Yo vivía cerca de la Marqueza y conozco lo peligrosa que es la carretera México-Toluca. Me impresiona que yo muchas veces transité en compañía de familiares, por esa misma carretera en la que sucedió el accidente. Ahora imagino a Scheinvar, no sé muchos de los detalles del accidente ni conocí a profundidad al profesor, pero seguramente estaba al frente, aprensivo, vigilando el viaje y tal vez platicando con algún adjunto o comentando alguno de sus parcos chistes a todos los que estaban adentro del autobús. No quiero ni pensar en el momento en que un trailer, sin frenos y de manera irresponsable, arremetió contra el autobús. Ahora lo imagino, momentos antes del terrible choque, viendo el gigantesco remolque acercando peligrosamente hacia su lado, él seguramente reconocería, mientras mira impávidamente, con sus ojos azules, su destino, reconociendo que todos, de una manera u otra, nos acercamos al final. Si nos ponemos a pensar, hay más probabilidades de que esto nunca hubiera sucedido: De haber salido un poco antes, de que el conductor del trailer hubiera revisado los frenos, de posponer la fecha y de muchas otras posibilidades que pudieron evitar este terrible accidente trágico. Empero, todo parecieran ser partes del preciso engranaje de la tragedia. Yo mismo experimenté un horror similar hace muchos años, y es difícil discernir el por qué ocurren. Lo abominable de la muerte es que no hay retorno, un error que podría ser considerado pueril, puede tener consecuencias que acaben en desastre. El conductor imprudente del trailer, tuvo la mayoría de la culpa. Pero muchos accidentes suceden con remolques sin consecuencias graves. ¿Por qué la lotería de la muerte les tocó a un profesor y a unos jóvenes que apenas empezaban la carrera? Yo debí haber ido a una de esas prácticas, de asistir, hubiera estado a nueve prácticas de mi posible muerte, un cálculo, que con todo, no tiene nada de alentador. Desgraciadamente, no podemos sacar nada positivo de la experiencia, conductores imprudentes seguirán existiendo y la justicia nunca compensará a los heridos y la muerte de cinco compañeros y un profesor. Sólo resta admitir a la vida, con todas sus vicisitudes y alegrías, y esperar a que al menos el día de hoy, estemos en una pieza.
Siento escalofríos al imaginarme los pensamientos que todos tuvieron antes del choque, quizá Scheinvar pensó algo, segundos antes del inevitable fin, algo así como: “no ahora”.

Viernes 13 de abril del 2012 México D. F. 

domingo, 14 de agosto de 2011

Mil sombrillas


Mil Sombrillas

Se cumplió un mes de que falleció la esposa de mi tío Ulises, Alma, por lo tanto se hizo una misa, hubiera ido, pero no soy un católico devoto y tenía que ensayar con mi grupo (salimos a Monterrey en una semana) así que me quedé solo en casa.
Sabía que mi madre y mi abuela tardarían en llegar así que fui a comprar comida, no me pregunten por qué, pero se me antojaron unas tiras de pollo en salsa BBQ, al salir a la calle el cielo se veía nublado y amenazador, pensé que no me demoraría demasiado, desgraciadamente me entretuve en un Mixup, buscando entre los dvd's la película “con la muerte entre los talones” sin mucho éxito, cuando quise salir de la tienda, se había soltado la lluvia.
Es horrible estar en encerrado en un establecimiento comercial, buscando cosas sólo para matar el tiempo, escuchando la música de muestra y ver como unos vagos y niños de la calle jugaban con un Xbox 360, la lluvia parecía no terminar.
Y recordé aquel periodo de relativa tranquilidad lejos de la tragedia y de la conmiseración, en las vacaciones de verano del año pasado, cuando tonteaba en un café de la calle orizaba, esperando a que una hermosa mesera me atendiera, sólo sabía que estudiaba actuación. Por aquellos días me quedaba largas horas en el café, en parte porque llovía demasiado, recuerdo un día en que después de ayudar a mi tío en el museo de las culturas populares, me resguarde en el café antes de que cayera la lluvia, ahí estaba, con su larga cola de caballo, sabiendo de antemano, que visitaba aquel lugar sólo por ella, desafortunadamente no era el único, pero esa es otra historia. Ella dijo “hola, ¿vas a ordenar algo?” yo dije “sí lo de siempre” a lo que contestó “americano cargado ¿no?”... oh, aquellos cafés me sabían a gloria, era la misma chingadera por la que pagaba 15 pesos en la época en que todavía no la conocía, después lo subieron a 20 y luego a 22, pero ella hacía que todo ese ritual fuera mágico, siempre me mostraba serio, pero en realidad, en mi interior; estaba sonriendo, en fin, tomé mi taza de americano mientras leía un poco de revisionismo histórico, ella, por otro lado, estaba platicando con las otras meseras.
Y aún seguía la lluvia para mi sorpresa, estaba granizando.
Siguiendo con el recuerdo, pasaba casi diario al famoso café, la red inalámbrica y el estimulante nervioso eran un mero pretexto, hubo un día en el que iba a pedir algo (un té o cualquier otra cosa) ella se ausentó un momento, y yo, sintiéndome ofendido y rechazado, me largue, sin haber consumido nada. De regreso a mi casa, recuerdo que mi familia estaba viendo el video de los XV años de mi prima Xareni... y me duele recordarlo, estaba viva mi tía Alma, nunca imagine que su problema con su hígado fuera fatal.
No me decidía si llevarme la película de “Gran Hotel” o no.
Un día, de aquellos en los que uno no espera nada, de hecho, se está de mal humos porque se tiene que hacer algo molesto, en este caso, reinscribirme vía internet , ¡qué mejor pretexto para ir al café!, me sentía hastiado, y mi mesera favorita no me atendía, mientras lidiaba con el sistema, veía como se acomodaba el pelo, hasta que se lo dejo suelto, lucía hermosa de esa manera. De pronto, ella se acercó a mi mesa, pensé que iba a levantarme una demanda, de esas de que no me puedo acercar a más de 30 metros de distancia, mi corazón palpitaba, ¡qué rayos hice mal!, créeme que sólo voy por el café. Ella dijo: “Oye... quieres ir a una de mis exámenes” me sentí aliviado, le dije que me escribiera la dirección en una servilleta, fue en el teatro de la república, presentarían “Doña Rosita la soltera” de Federico García Lorca, le dije que me presentaría, que me daba mucho gusto, le mencioné mis conocimientos sobre Lorca y que haría un gran papel, ella contestó que era un obra fácil, quizá lo que quiso decir es que sólo tenía un papel secundario. Regresé contento a mi casa, aún conservo la servilleta con la dirección.
La calle comenzaba a tapizarse de blanco, cerca del Mixup había un café illy, pensé que sería buena idea tomar algo caliente mientras se calmaba la lluvia.
Me invitó a esa obra, y también me invito a otro examen, esta vez de coreografías, me sentía feliz de apoyarla, o de sentir que la estaba ayudando, creo que yo me sentía más nervioso que ella, que era la que se enfrentaba al escenario, yo pronto me enfrentaría a la conmiseración, pero de eso no voy a hablar. Otra vez me sorprendió, a los de su grupo les tocó bailar la danza del ombligo, imaginen mi impresión al verla con casi nada de ropa, bailando de manera sugerente (aunque note que tuvo problemas con su velo) siguió con sus sensuales pasos, a mí casi me da un infarto. Al final de la presentación decidí esperarla, darle mis felicitaciones y acompañarla a casa, al platicar con el director de la escuela donde estudia, el señor Gonzalo Correa, me enteré que un profesor con el que fui a un breve curso de teatro, Antonio Guida, había fallecido, me sentí desconsternado. Ya cuando por fin salió, me agradeció que la apoyará en sus eventos, yo me ofrecí a acompañarla, ahí me enteré que vivía muy cerca de donde yo vivo y que era de San Miguel de Allende, “tus comentarios son muy inteligentes” lo dijo sonriendo en aquella mágica y lluviosa noche, me sentí alagado.
La lluvia no paraba, me encontraba dándole sorbos a una horrible taza de café, “al menos es mucho café” me dije a mi mismo, totalmente melancólico y desesperado por el repentino cambio de clima.
Tomamos el metrobus, yo le ayudaba con sus cosas, creo que era una maceta y el vestuario, una de sus conocidas me dijo “ahí me la cuidas”, camino a su casa platicamos de cosas simples, ella alabando a su Ibsen, yo como siempre platicando de la genialidad de Chesterton, ella hablando de David Lynch, yo más clásico de Billy Wilder, por cierto... como estaba lloviendo muy fuerte cuando me encontraba adentro del teatro, muchos familiares de los actores llegaron mucho después de su presentación, a sí que para mi fortuna, repitieron el número del baile del ombligo. Pronto la lluvia nos tomo por sorpresa, no importaba, faltaban pocas cuadras para llegar a su casa. La suave brisa y el olor de su piel, ¿qué más podía pedir? Ella me ofreció traerme un paraguas, yo lo rechacé, faltaban también pocas cuadras para llegar a mi casa, salí corriendo, la lluvia se había soltado, no me importaba, era feliz, feliz como pocas veces, al llegar a mi destino, me encontré cenando camarones y vino, “la vida empieza a tratarme bien” me dije mientas veía un muy graciosos capítulo de “IT crowd”.
Soledad, soledad y más soledad, compraré de todas maneras ese DVD de “Gran hotel”.
No vale la pena mencionar en que terrible escatología terminó mi pequeña utopía.
Pagué cuarenta pesos, ¿encontró lo que buscaba?, no claro que no, ni la felicidad, ni la obra maestra de Hitchcock que buscaba.
Ella siempre me agradecía que la apoyara en sus eventos. No sé que rayos le pasa.
No aguantaba más, salí del local, parecía una gran nevada, la lluvia no tenía piedad con los transeúntes, cada paso que daba me llenaba los zapatos de agua y granizo, al ver el parque río de Janeiro llena de agua y nieve, me dio la sensación de estar en un lugar fantástico, una especie de jardín congelado, parecía una noche invernal, sólo faltaba escuchar villancicos, es cuando reflexioné... siempre hay un momento en el cual todo está bien, pareciera que el sol nos sonríe y que todo por lo que esperamos por fin esta sucediendo, sin embargo, nos descuidamos, no vemos lo que sucede alrededor, sólo vemos nuestra ilusoria felicidad, y de pronto, una nube aparece y nos arruina el desfile, no sé exactamente en que momento mi vida comenzó a ser un gran charco de granizo, cada paso que daba me llenaba de agua helada los pies y me encaminaba a un charco mucho más hondo y helado. No se puede uno quedar quieto en la lluvia, hay que seguir caminando para al menos cambiarse la ropa y esperar a que las cosas mejoren, siempre hay que estar prevenido, traer una sombrilla aún en el día más despejado de todos.
Cuatro meses sin verte, ¿dónde estarás?
Sigo caminando en un gran charco helado.
Me gustaría estar sentado junto a ella viendo una película, algo como piso de soltero o Gran Hotel, tranquilos esperando a que la lluvia terminé, pedir otra cosa sería demasiado.
How can you smile and forecast
Weather's getting better
And you'll soon forget her
If you let the sunshine come through
How can you smile and forecast
Weather's getting better
If you never let a girl rain all over you
And just when I thought that my vista was golden in hue
One thousand umbrellas opened to spoil the view